Hace unas semanas me ocurrió un hecho muy curioso, que me puso a prueba como madre. Os lo narro:

Mientras la pequeña princesa está en la extra-escolar de inglés aprovecho para llevarme a la mayor a la Biblioteca. Hay una zona infantil muy grande donde los niños pueden disfrutar del ambiente de biblioteca y escoger sus propios libros. Ibamos todos los lunes. Si, habéis leído bien: Ibamos.

El último día que fuimos, entramos al área infantil y estaba vacía. Estaba la trabajadora de la Biblioteca, un niño en el ordenador y nosotras. Mientras yo escogía algunos libros para poder practicar la lectura con Bella, ella estaba contando los cojines que hay para sentarse en el suelo para leer. La bibliotecaria hablaba por teléfono a un tono lo suficiente elevado para que yo escuchara toda la conversación. Viendo el ambiente distendido de la zona y que la temperatura era buena decidí sentarme en una mesa a contestar unos emails desde mi teléfono. Bella seguía con los cojines, hasta que hubo un momento que al intentar coger el que quedaba más alto le cayeron algunos de ellos, dando un golpe fuerte, seco y de pocos segundos. A lo que yo le pedí que los recogiera y los dejará como los había encontrado. La Bibliotecaria, que ya había finalizado su conversación telefónica, consideró que mi forma de corregir a mi hija no era suficiente y quiso añadir su propia reprimenda a mi hija. No entraré a valorar el tono, que a mi parecer fue humillante e innecesario teniendo en cuenta que había sido un accidente. No tiene que corregir a mi hija de 5 años, en todo caso estando presente yo y a menos de un metro de mi hija, se tiene que dirigir a mí. Yo y solamente yo, como adulto responsable de la pequeña le responderé. Estamos hablando de un accidente: no había roto nada, ni había puesto en peligro su vida ni la de los demás.

Mi gesto de desaprobación a la señora, hizo que cuando me fui a dirigir a ella para decirle que había sido un accidente que no podía permitir que le hablara así a mi hija. Esta persona se levantó me dio la espalda y se fue a hablar con un compañero, por supuesto hablaba de lo sucedido. Total me encontré con una empleada muy poco profesional y educada.

Mi hija, que como os expliqué en este post Mi Bella Sensibilidad, es extremadamente sensible y no lleva muy bien ciertos tonos, me miró con los ojos llenos de lagrimas y me dijo: “mama, ¿por que me ha dicho eso? ha sido sin querer”.

Entré en un dilema: si hablar con esa persona en el momento o atender a mi hija. Finalmente, me fui de la biblioteca y atendí a mi hija que era mi prioridad, no quería que se sintiera mal y le expliqué que los adultos también se equivocan, que esta señora se había equivocado.

Una vez en casa, analicé y pensé que mi hija había sufrido una injusticia, pequeña para un adulto pero tremendamente injusta para ella. Esa persona no la había tratado como ella se merecía, no podía volver a ocurrir. Una vez llegó mi marido busqué el momento a solas para volver a hablar, esta vez con la directora de la Biblioteca y solucionar el tema. Tengo que decir que la directora me dijo que esos cojines estaban para que los niños los cogieran, que no entendía que había pasado y que hablaría con la empleada. Me pidió disculpas la directora. Las disculpas de la empleada a mi hija nunca llegaron. De momento, Bella no quiere volver a esa Biblioteca y lo estoy respetando.

Mi reflexión

Cuando os explico estás cosas siempre me gusta añadir una reflexión personal. En este caso es ¿si el accidente lo hubiera provocado un adulto la reacción de la bibliotecaria habría sido la misma? ¿tratamos con el mismo respeto a un niño que a un adulto?¿Cómo podemos esperar niños respetuosos si las personas que las rodean no los tratan a ellos con respeto?

Yo tenia claro que no iba a quitarle importancia al tema pero tampoco podía tratar con la firmeza y seriedad que se merecía este asunto delante de mi hija. Por eso seguí intuitivamente mis prioridades:

  • Atender las necesidades de mi hija en el mismo momento, al alejarnos de lo sucedido.
  • Darle una explicación real de lo que había sucedido. Esa persona se equivocó y igual que cuando ella se equivoca yo se lo hago saber. Me ocuparía de hacerle saber a esta señora que se había equivocado con ella.
  • Más tarde, pero en el mismo día, me puse en contacto para solucionar el tema y procurar que no volviera a suceder.

La reflexión del experto

Me gustaría sumar la aportación a este asunto de Cristina Oliva. Cristina es asesora de crianza consciente, doula y comunicadora. Puedes encontrar su trabajo en el blog www.eltiempodelosintentos.com, en el podcast Crianza transformadora (en iVoox, Spotify, iTunes) o en su cuenta de IG @cristinaolivacrianza.

Cristina Oliva

¿Qué hace que una adulta hable mal a una niña pequeña a la que no conoce? Hemos crecido en una sociedad que vivía de espaldas a los niños y basculamos entre dos ideas que muestran el poco conocimiento que hay sobre la vivencia infantil, que son, por un lado, “necesitan mano dura para aprender a comportarse” y, por otro lado, ”a los niños no les afecta que les riñas y hables mal, al momento se han olvidado”. Claro que hay niños de diferentes sensibilidades que darán más importancia o menos a una situación, pero aún así, una falta de respeto lo es independientemente de cuánto afecte a quien la recibe.

A menudo se exige a los niños lo que no exigimos a los adultos y se descargan en ellos, que no están en igualdad de condiciones, las frustraciones personales o profesionales. Existe un doble rasero que acepta pegar, castigar, hablar despectivamente a los niños, pero lo rechaza y cataloga como violencia cuando se trata de adultos.

Hoy en día muchos hemos deconstruido estas creencias y tratamos de criar con respeto y consciencia en un mundo que no siempre nos acompaña en nuestro empeño. 

En los inicios de nuestra maternidad a veces nos vemos en situaciones que nos dejan mal sabor de boca por no haber defendido/traducido/detenido juicios o faltas de respeto hacia nuestros hijos o hacia nosotras mismas. Con el tiempo aprendemos a poner límites, lo que es un bien para nosotros pero también para la sociedad, pues contribuimos a que se visibilicen el sentir y las necesidades de la infancia.

Si nos encontramos en una situación como la que, desafortunadamente, vivió Eli con Bella, en la que un adulto se dirige de malos modos a nuestro hijo o hija, conviene:

  1. Intervenir para detener la situación. Lo ideal es que respondamos en lugar de reaccionar, atajando el tema y poniendo límite al discurso y actitud del adulto en cuestión. Es importante recordar que también en estos momentos somos su ejemplo de gestión emocional y de resolución de conflictos. Por lo tanto, seamos firmes, pero no agresivas ni ofensivas.
  2. Validar a nuestra hija o hijo poniendo palabras a lo que ellos en ese momento no pueden o saben decir. Abrazar, contarle situaciones que hayamos vivido nosotras de pequeñas. En definitiva, besar sus heridas, ofreciendo refugio, pero también ofreciendo una “traducción” de ese mundo adulto que aún les cuesta comprender.
  3. Hablar con el adulto o poner, posteriormente, una queja o reclamación si se trata de un establecimiento o servicio público o privado. Solemos pensar que es inútil, pero no lo es. Ejercemos nuestros derechos, damos voz a los que no la tienen y hacemos que estos debates empiecen a hacerse un hueco en las calles, los hospitales, los comercios, las escuelas…

A veces nos cuesta hacer esto porque:

  • Nos influye el temor a que piensen que somos madres sobreprotectoras.
  • Hay una parte de nosotras que relativiza esas actitudes porque en nuestro subconsciente está grabada esa idea de que la corrección por parte de los adultos es siempre educativa.
  • Nos echa para atrás la idea de entrar en conflicto, ya que en su día no nos dieron voz y todavía estamos aprendiendo a usarla.

 

Además, como argumentos podemos plantear(nos) estos interrogantes:

  • ¿La bibliotecaria logró una enseñanza positiva hablándole así a la pequeña?
  • ¿A los adultos no se nos caen las cosas? ¿Cuándo se nos caían cosas de niños y nos reñían, nos sentíamos avergonzados, ridículos, tristes?
  • ¿Hablamos con esos modos a otros adultos?

Como madres, seamos ejemplo de cómo mirar a los niños cuando cometen errores consciente o inconscientemente. Mirémoslos con respeto, amor, ternura, empatía, perspectiva… 

Comprender por qué hacen las cosas nos ayuda a empatizar con ellos, algo muy necesario para vivir la crianza con calma. A menudo, ni siquiera se trata de un error, sino de de la visión subjetiva de otra persona o de un comportamiento totalmente normal en la infancia.

No nos sintamos culpables por hacer este tipo de intervención. A veces se mal interpreta y se nos dice que queremos proteger a nuestros hijos de cualquier disgusto o interacción negativa con el mundo. Pero no se trata de eso. Se trata de acompañar cada vivencia y hacer de traductores, de asidero. Se trata de caminar junto a ellos haciéndolos sentir plenamente merecedores de respeto en cualquier situación.

 

Quería agradecer mucho la aportación de Cristina a mi post y os animo a que la sigáis en redes: es un pozo de sabiduría.

Abrazos virtuales,

@mamaeconomista

2 respuestas a “No riñas a mi hija, por favor.

  1. Pues te admiro, porque a mi me pasa y creo que me salé la vena mama no toques a mi hijo.Y le hago saber alli mismo las cosas…pero pensar en que es mas valioso tu hija y los valores que les das,es una gran lección para todos

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